Escrito por La Garbancita Ecológica

La consolidación de un proyecto autogestionado de consumo responsable agroecológico está presentan­do muchos problemas, al tiempo que importantes rea­lizaciones producto del esfuerzo de tod@s nosotr@s. Uno de esos problemas tiene que ver con la resisten­cia al cambio de los hábitos de compra por parte de l@s consumidor@s.

Comprar alimentos ecológicos a través de La Garbancita conlleva un trabajo suple­mentario -”el trabajo del consumo respon­sable” que, a menudo, choca con agendas diarias muy sobrecargadas. La recompen­sa es el acceso a una excelente oferta, en cantidad, calidad, variedad y precio de ali­mentos saludables, así como la envolvente cultural y asociativa que les acompaña.

Esto supone dedicar fuerzas, pero no siempre las mismas que ya están al lími­te. La fuerza cultural, deliberativa y or­ganizativa para el “trabajo del consumo” debe proceder de quienes se benefician de este servicio público de alimentación y cultura. Este trabajo debe de ser con­sensuado por tod@s l@s participantes del grupo y ejecutado por la parte más consciente que no puede limitarse a una pequeña minoría. No es justo que los par­ticipantes de un grupo de consumo se comporten como si fueran a una tienda porque, en una tienda convencional ten­drían que pagar mucho más y no tendrían la misma vitalidad en frutas y verduras.

El local de La Garbancita necesita, además de mantener la participación y las actividades culturales y de educación alimentaria para niñ@s, funcionar como una tienda para l@s vecin@s de alrede­dor, para financiar los gastos en alquiler y salarios. Sin embargo, tod@s las personas que compran en La Garbancita preparan su propio pedido, reciben la información de nuestras actividades educativas y la oferta de nuestra revista Tachai.

En estos momentos necesitamos cre­cer para alcanzar la masa crítica impres­cindible que nos permita sobrevivir como proyecto autogestionado. Debemos lu­char con respeto -aunque también con decisión- para que las personas que se aproximan a La Garbancita Ecológica y su red de grupos de consumo conozcan, acepten y colaboren –aunque sea poco- en las tareas de organización, dinamiza­ción y realización del “trabajo del consu­mo responsable”.

Si conseguimos impulsar el consumo responsable agroecológico en la socie­dad, acabará habiendo tiendas de alimen­tos ecológicos para segmentos de pobla­ción que, por sus problemas de movilidad, cultura o ideología, no puedan o no quie­ran convertir su compra de alimentos en un acto participativo y cooperativo. Pero, el consumo responsable agroecológico nunca crecerá sin una sólida base auto­gestionada que demuestre, con su propia existencia, la razón de su fuerza y la fuer­za de su razón. Si permitimos que en el momento fundacional tengan la mayoría los consumidores de mercado agroecoló­gico que rechazan cualquier participación -o aceptándola de palabra, nunca pueden dedicar unos minutos-, estamos perdi­dos. Una cosa es ser flexibles y solidarios con quienes tienen dificultades para par­ticipar y otra, que quienes no participan, sean la mayoría.

La batalla del “trabajo del consumo responsable” hay que darla, no sólo por razones ideológicas, sino también por­que, sin participación, nuestro proyecto no es viable. Si permitimos que la mayo­ría de l@s consumidor@s se aprovechan de una minoría de compañer@s que asu­men en solitario la responsabilidad co­mún, somos cómplices de una injusticia contra nuestr@s mejores compañer@s.

Cuando llevas encendido el piloto ver­de de “dador universal” estás creando una relación en la que las urgencias de las mejores personas tenderán a la línea de menor resistencia. Incluso, pueden llegar a acusarse de invadir su intimidad al in­tentar restablecer la corresponsabilidad. Tenemos que entregarnos con entusias­mo a la tarea de poner límites a los com­portamientos insolidarios. No somos una tienda de alimentos ecológicos. En todo caso, si decidimos serlo, los que se limiten a comprar, tendrán que pagar algo más para que haya justicia entre quienes cola­boran y quienes no lo hacen.