Escrito por Pilar Galindo

 

El pasado 6 de Julio, el Frente Cívico “Somos Mayoría” reu­nía en Rivas un Foro Social estatal. A estas jornadas invitaron a La Garbancita Ecológica, para hacerse cargo de una ponencia so­bre Crisis Ecológica, Alimentaria y Democrática. En la Garbancita Ecológica consideramos la alimentación como un derecho social y humano y apostamos por la responsabilidad compartida entre agricultores y consumidores. Por eso compartimos la ponencia con Julián Ruiz de Esencia Rural, uno de los agricultores ecológi­cos participantes en la cooperativa.

 

Julián expresó la necesidad de una agricultura natural que abandone los pro­ductos químicos, recupere las variedades tradicionales y las formas de conservar los alimentos que forman parte de nuestra cul­tura. Construir la soberanía alimentaria no es pasar a una agricultura ecológica para la exportación, sino para la población cercana. Apoya a la Garbancita en la construcción de mercados locales de alimentos ecológicos y consumidores conscientes. Produce fru­tas y verduras saludables, elabora vino de fermentación natural, selecciona y extrae lo mejor de las plantas aromáticas y, recien­temente, produce un ajo fermentado local (ajo negro) con una técnica japonesa que multiplica las propiedades organolépticas y antioxidantes de este bulbo.

En La Garbancita consideramos la ali­mentación como un derecho recogido en el Pacto Internacional de Derechos Eco­nómicos sociales y Culturales DESC (art. 11 parr.1 y párr. 2) que debe ser protegido como un derecho fundamental.

Sin embargo, al igual que pasa con otros derechos como la vivienda, el gobier­no dicta políticas a favor de las empresas que obtienen grandes beneficios ven­diendo alimentos cargados de químicos y transgénicos que nos enferman. Dejan en manos del mercado la producción y distri­bución de alimentos.

Vivimos una crisis económica, pero también ecológica, alimentaria y demo­crática. Según el informe “Estado Mun­dial de la Agricultura y la Alimentación” 2013 emitido por la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) en los países empo­brecidos 870 millones de personas pa­san hambre y 2000 millones deficiencias nutricionales, fruto de la escasez de ali­mentos. En los países ricos 500 millones de personas son obesas y 1400 millones padecen sobrepeso junto con otras en­fermedades (cáncer, cardiopatías, enfer­medades autoinmunes), fruto del exceso y la toxicidad de su alimentación. Ham­bre, obesidad y enfermedades alimen­tarias son las dos caras de la inseguridad alimentaria en las economías de merca­do. Con la crisis, un número creciente de niños y niñas pasan hambre en los países ricos. Este verano, se han habilitado pro­gramas educativos en escuelas andalu­zas y canarias para garantizar una comi­da al día a los hijos de familias pobres.

El capitalismo ha desarrollado la indus­trialización, mercantilización y globaliza­ción de la producción y el consumo de los alimentos. Las corporaciones del negocio alimentario controlan los alimentos que se producen en función del beneficio, im­ponen los precios a los agricultores, priva­tizan las tierras cultivables, el agua y las semillas a la vez que empobrecen el suelo con los agrotóxicos, degradan la fertilidad de la tierra y las semillas, realizan una re­colección temprana que resta nutrientes a los alimentos que, distribuidos a escala planetaria, pierden la poca vitalidad que les queda. Expulsan de sus tierras a millo­nes de campesinos, víctimas de la indus­trialización de la agricultura que engrosan las bolsas de pobreza de las ciudades; de­gradan el oficio campesino convirtiendo a los supervivientes en empresarios que producen mercancías agrarias plegados a las directrices del mercado y de las sub­venciones. Treinta años de Política Agraria Común (PAC) en nuestro país son un buen ejemplo de este proceso.

La agricultura ecológica se abre paso en los últimos tiempos por el crecimiento de la inseguridad alimentaria, también en los países ricos. Sin embargo, avanza por los mismos canales de distribución y con los mismos vicios que la agricultura indus­trial de la que quiere diferenciarse. España, principal país europeo y quinto mundial en producción ecológica, no tiene consumo domestico que demande dicha producción lo que explica que el 90% del rápido creci­miento de alimentos ecológicos vaya a los mercados internacionales.

La apuesta por una alimentación sana y suficiente para todas las personas y to­dos los pueblos exige presentar batalla a la agricultura industrial y a su distribución global. Pero, sobre todo, a la incultura ali­mentaria impuesta por la publicidad de las multinacionales alimentarias haciéndonos desear su comida basura. La agroecología requiere una comercialización en circuitos cortos. Los consumidores responsables debemos construir esos mercados locales como expresión política participativa fren­te a la inseguridad alimentaria, poniendo la educación alimentaria en el puesto de mando y construyendo una logística pro­pia al margen de la gran distribución, mano a mano con los agricultores desde los prin­cipios de la economía social y cooperativa.

Los movimientos sociales no pueden permanece ajenos a esta tarea. Las formas de comer son tan políticas como las formas de trabajar. Los Grupos Autogestionados de consumo (GAKs) empezamos en 1996 y en 2007 creamos una cooperativa de con­sumo responsable sin ánimo de lucro, La Garbancita Ecológica.

A ese taller asistieron unas 50 personas. Había sensibilidad por las cuestiones de la propiedad de la tierra, los derechos de las personas jornaleras e inmigrantes y por los transgénicos pero, también, algunas difi­cultades para comprender que la alimenta­ción es una cuestión social y no un asunto privado que aborda cada familia y cada persona en solitario.

Pilar Galindo