Escrito por A.M.

UE, socialismo al revesEl próximo 25 de Mayo se celebran las elecciones al Parlamento Europeo. Pero, este ejercicio formalmente democrático, tributa a un proyecto de Europa fracasado. La articulación de economía de mercado, política de mercado y sociedad de mercado, crea las condiciones para el socialismo inverso que padecemos: la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas de las grandes corporaciones comerciales, industriales y financieras.

Los ideales de igualdad, justicia, derechos humanos y pluralismo político, protegidos en las constituciones de los Estados y en las declaraciones de los Tratados Europeos, flotan en el intangible reino de la ideología, mientras las políticas económicas de los gobiernos desmontan el derecho al empleo, la vivienda, la salud, la protección del medio ambiente, la alimentación, las libertades civiles y los Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

Entre los países miembros de la UE no existe unificación económica, fiscal, militar, laboral o social. Por el contrario, las políticas monetaristas aumentan, tanto las diferencias entre los países  acreedores y los deudores, como las diferencias al interior de cada país. La Europa de la Moneda Única no es un Estado sino un espacio pluriestatal en el que las instituciones del capitalismo industrial y financiero dictan  las normas a parlamentos, gobiernos y órganos del poder judicial elegidos mediante sufragio. El resultado de este monstruo institucional es la subordinación del orden económico, alimentario, medioambiental y social al orden monetario que necesita la producción y reproducción del capital.

La política económica en España -y en el resto de los países del euro- procede de “la Troika”, un organismo tan opaco como ilegal integrado por: a) el Fondo Monetario Internacional (FMI), hegemonizado por EEUU, experto en imponer a países dependientes programas de ajuste estructural destinados al saqueo de sus riquezas y la explotación de sus trabajador@s, b) El Banco Central Europeo (BCE), instituido por el Tratado de la Unión Europea de 1992 como responsable de la política monetaria en los países del euro, al margen de gobiernos y parlamentos y c) la Comisión Europea, aparato económico administrativo que ejecuta las políticas de los gobiernos.

Las mismas políticas de ajuste sufridas por los pueblos de América Latina, África y Asia durante las décadas de los 60, 70 y 80 del pasado siglo XX, se imponen ahora a países europeos como Grecia, Portugal, Irlanda, Chipre y España con la complicidad de gobiernos títere que presentan como inevitable la servidumbre que ellos mismos han institucionalizado.

El Parlamento Europeo que saldrá de las elecciones del 25 de Mayo estará dominado por el mismo bipartidismo (grupo parlamentario popular y grupo parlamentario socialista), ahora corregido por el ascenso de grupos euroescépticos -la mayoría de extrema derecha- que avanzan electoralmente por la desafiliación democrática de millones de trabajador@s hart@s de las mentiras del pensamiento único neo y socioliberal. La única política económica que conoce esta élite del poder es la continua devaluación de salarios, protección social y derechos civiles para salvar a banqueros y especuladores de sus propios desmanes. Este orden irreformable se autogenera cada día. Por eso hay que pensar, no sólo en reformarle sino, sobre todo, en hacerlo imposible.

Si, a escala estatal, la movilización popular no es capaz de impedir la arbitrariedad de los poderes públicos, ¿cómo se va a conseguir este propósito en un espacio pluriestatal en el que la sustancia común es la moneda única -el euro- que exige cada día más sacrificios para sostener la dictadura insostenible de los mercados?

Pensar que, sin un movimiento popular potente en cada Estado, el voto va a modificar las condiciones de existencia de este Poder Constituido injusto, ilegítimo e ilegal, es una grave equivocación. A escala europea -al existir una circunscripción estatal única y ofrecer más posibilidades a las candidaturas minoritarias– es síntoma de la inmadurez de los incipientes movimientos sociales y de la impaciencia institucional de algunos de sus líderes. Hoy por hoy, la lucha está en la calle y no en el parlamento. Menos aún en el Parlamento Europeo.