Escrito por Brenda Chávez. Opcions

“En la economía social y solidaria se está llevando a cabo una revisión de sus estructuras y entidades para profundizar en la equidad desde la práctica.

Si nos declaramos feministas, nuestro consumo puede reflejarlo. Consumir no es un acto banal, el dinero que invertimos en ello puede empoderar negocios abusivos para el planeta y sus habitantes, o lo contrario. Al decantarnos por lo segundo, practicando un consumo responsable desde una perspectiva de género, podemos considerarlo también un consumo feminista en un sentido muy amplio.

Supongamos que vamos a comprar ropa. El 80-90% de las manufactureras del sector textil (como suele ocurrir en la electrónica o en la juguetería) son mujeres. Al adquirir marcas convencionales participamos, aunque no lo sepamos, de que en Camboya o Bangladesh, por poner dos ejemplos, se les paguen salarios míseros: unos 30-60 euros al mes, cuando lo considerado digno para vivir allí son unos 250-290, según Asian Floor Wage Alliance. En cambio, al optar por firmas de moda sostenible, apoyamos sueldos dignos y formas de producción con menos impacto medioambiental y social.

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